Maternidad

Llegó el momento de hacer las paces, papá

Llevo semanas pensando en ti y en mi. En nuestro pasado. Tratando de entender, desmenuzando en mi cabeza recuerdos, memorias, anécdotas, buscando algo alegre, algo que me haga sonreír, algo que me haga saber que contigo no todo era angustia. Sí, hubo momentos alegres pero a los segundos se volvían en una incertidumbre, en pavor a tu reacción por si no estaba siendo lo que esperabas de mí.

Tiemblo sólo de pensar en ti. Mi cuerpo entero se altera, se contrae, se hace pequeño. Pensar en ti es volver a sentir que se me cierra el estómago y que puedo anidar un hoyo negro en mi vientre. No me gusta pensar en ti y había logrado no hacerlo durante meses, incluso años. Logré mantenerte lejos de mis días, pero hace unas semanas noté que volviste a rondar mi memoria.

Traté de conciliar, pensé que podía con tu recuerdo sin que me afectara. Una vez más he fracasado y, de nuevo, me siento paralizada ante ti, muda ante tus reclamos, tu furia siempre fuera de proporción ante el menor fallo mío; el error porque sólo quería que me abrazaras, que me limpiaras las lágrimas en lugar tus gritos descomunales por tener miedo a la oscuridad o cualquier otra cosa natural en una niña. Siempre me quedé corta ante tus ojos:a la sombra de algo positivo seguía un recordatorio de algo malo, o una observación de cómo lo hubieras hecho tú para que saliera perfecto.

Quisiera decirte que he perdonado cómo me paralizaste y todas tus promesas no cumplidas. Sospecho, que en el fondo, no lo he hecho. Llevo décadas cobrándoselas al mundo.

Estoy enojada. Ahora soy yo la que siente furia. Siento que hiervo por dentro; tengo el estómago revuelto entre el horror y el dolor. Quiero vomitar a ver si así se me salen las malditas ganas de gritarte tanto que traigo atorado en la garganta desde que me acuerdo. La cosa se pone peor cuando miro a mis hijas y entonces ahí si no logro mantener la compostura. Veo su dulzura, su alegría, su mirada amorosa y la esperanza en ella de saberse importantes para mí. Lo que no logro entender, y juro por ellas que lo he intentado: no logro entender cómo te resultaba imposible rendirte a mi amor por ti, a mi constante deseo de tu abrazo reparador, de tu mirada aprobatoria. Y cuando las contengo, cuando siento su cuerpecito pequeño, frágil, suave entre mis brazos, me pregunto dónde estaba tu instinto de protegerme, de cuidarme. Nunca, ni por error, se te salió un “todo está bien, aquí estoy, yo te cuido”.

Ya sé que a ti tampoco te dieron eso, lo sé bien. Y, en todo caso, ambos somos víctimas de una histórica carencia de amor, de empatía hacia los otros, durante generaciones. El único problema aquí es que yo pago cada día esa maldita factura y me está doliendo, me está jodiendo el espíritu. Hoy, a mis casi 40, me descubro siendo todavía una niña de 6 años esperando que su papá le dedique una mirada amorosa. Esa identidad me ha llevado a cometer tonterías, a lastimar a quienes quiero y a vivir con el miedo entre el corazón y el estómago, con la incertidumbre de sentirme querida. Sabes que eso es jodidamente doloroso y está de la chingada y quema y carcome.

Llegó la hora de hacer las paces con esa niña y con el papá de esa niña. Por mí, por mis hijas, por mi hijo. Ojalá, algún día, tú puedas hacer las paces contigo.

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